¡Hola, minimalisto! Prepara buen café, que hoy vengo reflexiva…
No sé si a ti te ha pasado alguna vez, pero esta semana he tenido esa sensación
incómoda de ser consciente de que igual llevaba tiempo equivocada en algo
fundamental como creativa.
Todo comenzó cuando decidí ver de nuevo la serie Mad Men tras escribir el email
sobre Lilian Watson (*). Esta vez no en modo bulímica atrapada por la trama,
sino fijándome muy bien en los detalles.
Si no conoces la serie, está ambientada en una agencia de publicidad de Nueva
York en los años 60 y se centra en el personaje de Don Draper, director
creativo con una mente brillante.
Pero viéndola esta vez, algo me hizo clic.
Me fijé en que una idea para un copy no se le ocurre solo a una persona.
Aparentemente sí, aparece en esa mente brillante. Pero es la observación y el
poder del grupo (con o sin el cliente presente) el que la potencia a través de
discusiones, debates, silencios…
La idea no nace aislada. Nunca. Y eso se me quedó dando
vueltas.
Y más vueltas aún, después de terminar el módulo de Design Thinking en un curso
sobre metodologías de innovación empresarial, donde pasó algo que me terminó de
romper los esquemas:
Nos dieron un minuto para escribir distintos usos para un objeto cotidiano. Un
cinturón.
A mí me salieron 7. Y, oye, me considero una persona creativa.
Cuando volvimos a hacer el mismo ejercicio en grupo:
En sucesivos ejercicios en equipo, me alucinaba ver cómo de una idea de uno
salía otra mejorada y los "¿Y si…?" iban conformando algo mejor cada vez.
Ya no pude ignorar más el dolorcillo.
Crecía en mí la convicción de que es casi imposible ser innovador o encontrar
la mejor solución pensando solo.
Y para rematar, un cliente que estuve a punto de perder esta semana.
Se puso nervioso, dudó del proceso… y yo, en mi cabeza, ya estaba preparándome
para el conflicto, pero paré, respiré y le pregunté qué necesitaba de mí.
Lo que salió de esa conversación fue más que una solución. Fue algo mejor: una
forma de trabajar juntos que no habría aparecido si yo me hubiera quedado en
mis pensamientos y él con los suyos.
Lo mejor: me ha presentado al equipo. ¡Hay equipo!
Esta semana he comprendido algo que no es cómodo de admitir: Trabajar sola no
siempre es positivo. Puede ser limitante si te dedicas a algo creativo como en
mi caso, porque te enfrentas a tus dudas, tus sesgos, tus experiencias vividas,
tus bloqueos…
Los freelance valoramos nuestra independencia, claro está. Pero pocas veces
hablamos del coste oculto: no tener a nadie que te saque de tu propia cabeza
cuando te quedas atascado.
No voy a ser injusta, tengo redes de apoyo y comunidades (hola, REDeiras,
hola, CyberTALKS) a las que acudir y soltar mi mierdecita, pero esta
semana he echado de menos el formar parte de un equipo.
Me dan envidia los equipos creativos de agencias que toman un proyecto y lo
trabajan juntos.
Por eso estoy valorando hacer algo al respecto. De momento, hablarlo y pensarlo
con personas que saben más que yo y tienen más horas de vuelo.
Mientras tanto, para reflexionar:
¿Cuántas buenas ideas se te han quedado por el camino por pensarlas en
soledad?
¿Cuántas has matado sin darles una oportunidad?
P.D. Si tienes algo atascado ahora mismo, cuéntamelo en una frase respondiendo
a este email. Juntamos neuronas y vemos cómo desbloquearlo.
(*) Si no recibiste el email en el que cuento la historia de Lilian y no sabes
qué tiene que ver con la serie Mad Men, dímelo y te lo reenvío. Es una historia
que me emocionó en su día y espero que también a ti.
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