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title: "Ascenso y descenso de Lucian Burnley"
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author: "Fugazia - Rodrigo  Encinas (@elrodo)"
published: "2026-07-02T10:18:01.000Z"
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# Ascenso y descenso de Lucian Burnley

Habiendo llegado Burnley al más alto escalafón del Ministerio para la Sincronicidad y Ordenación Temporal, las cosas puede que en apariencia siguieran iguales, pero es cierto que los expedientes descansaban en sus correspondientes archivos y los lápices, convenientemente afilados, se reunían sobre los escritorios de los funcionarios.

Lucian Burnley contempló el panorama con una mueca que en su rostro pasaba por una sonrisa de satisfacción. El ala de su departamento era un monumento al orden analógico: un laberinto de escritorios de metal gris donde el repiqueteo de las máquinas de escribir Underwood formaba una sinfonía perfecta, solo interrumpida por el siseo asmático de las tuberías de correo neumático que recorrían el techo bajo teñido por años del alquitrán del tabaco. A Lucian le gustaba el olor a tinta, a papel viejo y el zumbido de las válvulas de vacío del reloj de pared. Un reloj que, por supuesto, siempre iba tres minutos adelantado respecto a la realidad, por estricto decreto ministerial.

Al fondo, presidiendo la estancia, colgaba la galería de retratos de los "Empleados del Año". Doce fotografías idénticas de Lucian, con su sempiterno chaleco de punto y mirada gris, compartían espacio con una fotografía el doble de grande. En ella, un hombre de mandíbula firme y ojos sabios observaba el departamento. Su padre. Una sombra alargada y noble que recordaba a Lucian que el orden no se creaba, se heredaba con sangre y tinta.

—¡Señor Burnley! El formulario 104-B de la sección de Retardos Cronológicos no tiene el tercer sello —gimió un funcionario esquelético, temblando bajo el látigo invisible de la mediocridad de Lucian.

—Hágalo de nuevo, Pemberton. Y afile ese lápiz. Parece la punta de un maldito dirigible —sentenció Lucian con voz monótona. El proceso era sagrado. El proceso era la vida.

De pronto un evento inusitado cortó el aire cargado de humo y sudor, el siseo de la presión hidráulica de las puertas principales anunciaban un mal augurio.

No entró un ujier. Entró el Ministro en persona, envuelto en su abrigo de paño pesado que olía a alta política y a despachos con ventanas exteriores. Pero Lucian ni siquiera le miró a él primero. Sus ojos, entrenados para detectar cualquier anomalía en el sistema, se clavaron en el hombre que caminaba a su lado.

Era Cassian Fairfax. Cassian parecía emitir luz propia, su sonrisa era un faro que no dejaría hundirse a ningún barco en la más espesa niebla. Era joven, vestía un traje de corte moderno que desafiaba la gravedad burocrática, rota por un don de gentes que Lucian consideraba una flagrante violación de todo protocolo.

—¡Atención, señores! —bramó el Ministro, su voz resonando en los conductos de ventilación—. Les presento a su nuevo Subdirector de Nanoestrategia, el joven Fairfax. Viene avalado por las altas esferas y por mí mismo. Ha traído unas ideas... revolucionarias sobre la modernización y optimización del flujo de archivos.

Un murmullo de terror recorrió las mesas. Eso sonaba a máquinas que no hacían ruido. Una herejía.

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Cassian Fairfax dio un paso al frente, paseando su mirada por el mobiliario cochambroso hasta detenerla en Lucian. Su sonrisa se ensanchó, pero sus ojos revelaron un desprecio absoluto. Miró el escritorio de Lucian, se fijó en el cubilete con los lápices perfectamente afilados y luego miró al propio Lucian. Para Cassian, Lucian no era un jefe de departamento; era un mugriento engranaje oxidado, un producto obsoleto, uno de esos mismos lápices que gastas hasta que solo queda la mínima expresión y luego tienes que sostener con la punta de los dedos.

—Un placer, Burnley —dijo Cassian con retranca, extendiendo una mano que Lucian se vio obligado a estrechar con mano flácida—. He oído que te gusta el orden. Eso está bien. Facilitará la transición cuando archivemos todo este papel en el incinerador del sótano. El Ministro y yo hemos estado planificando y coincidimos en que al Ministerio le hace falta... aire fresco.

El Ministro se acercó, dándole una palmada condescendiente en la espalda a Cassian para continuar su periplo por la oficina. Cassian, sonriente, guiñó un ojo a una de las secretarias y se alejó hacia el despacho que Lucian llevaba diez años esperando ocupar, el despacho con la placa que aún no tenía nombre.

Lucian se quedó inmóvil en el centro del pasillo. El siseo de las tuberías neumáticas volvió con más intensidad, convirtiéndose en un zumbido ensordecedor dentro de su cabeza. Miró la foto de su padre, que parecía clavarle una mirada de profunda decepción. Luego miró el lápiz que tenía en la mano, una mano que comenzaba a cerrarse con fuerza, desafiando la fortaleza del grafito. Estaba tan perfectamente afilado que la punta de grafito brillaba como un estilete, entonces una fantasía, nítida y maravillosamente ordenada, cruzó la mente gris de Lucian.

Visualizó a Cassian Fairfax de espaldas, inclinado sobre una de esas nuevas y estúpidas propuestas de eficiencia. Imaginó el crujido limpio del grafito atravesando la camisa de sastre de Cassian, justo entre la tercera y la cuarta vértebra, hundiéndose hasta el fondo, rompiendo la punta dentro para asegurarse de que el daño fuera irreparable. Un acto rápido, limpio, frío, mecánico, perfectamente archivado en el expediente de lo inevitable. Sin derramamiento excesivo de sangre, siguiendo el proceso.

Lucian Burnley volvió a colocar el lápiz en su cubilete, con la punta hacia arriba, esperando su momento.

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