Aun aturdido, lo primero que vieron sus ojos al abrirse fueron las aspas del ventilador girando hipnóticamente, impasibles, en la ya vacía habitación de estilo colonial.
Las cortinas ondeaban con la brisa, y parecían moverse al son del gumbo musical de las bandas de metales que se colaban desde la calle.
El mundo ardía y él tan sólo quería consumirse en ese fuego sin dejar más rastro que un collar de abalorios, cuyo valor no es más que el mero acto de pasar de manos.
Tres golpes secos le arrancaron de su trance.
—¿Quién es?
—Abre, soy Duplantier.
El nombre no le dijo nada. Rodó sobre el colchón y se quedó sentado, mirando sus propias manos como si fueran objetos prestados.
Luego bajó la vista a la ropa. Llevaba una camisa de lino con el cuello abotonado hasta arriba y unos pantalones de pinzas de tela gruesa, como sacados de un baúl que nadie había abierto en décadas. No era la ropa de alguien que se hubiera vestido esa mañana.
Se levantó a abrir la puerta cuando se encontró que era arrollado por un corpulento tipo que se introducía abruptamente en la habitación.
—Landry ha huido al pantano. Si no salimos ahora, se pierde todo.
—No sé de qué me hablas.
—Venga, vamos.
—Te lo juro —dijo él, con algo genuino en su voz, algo que sonaba más a vértigo que a mentira— no sé quién eres. No sé quién es Landry.
Lo miró a los ojos con cierta resignación y gran parte de incredulidad para agarrarle del brazo.
—No tenemos tiempo para esto.
—Suéltame.
Forcejearon sin violencia real, más como dos hombres que tantean hasta dónde puede llegar el otro. Fue breve. Duplantier soltó el brazo, retrocedió, y se pasó la mano por la nuca con un gesto que parecía más cansancio que derrota.
Permaneció un momento en el umbral, mirando la calle. La música seguía ahí abajo, impávida.
—Está bien —dijo al fin, en voz baja—. Está bien. Pero si de verdad quieres saber qué está pasando, llama a este número.
Sacó algo del bolsillo y lo dejó sobre la mesilla. Era una tarjeta pequeña, amarilla, casi translúcida, con lo que parecían circuitos grabados que emitían un leve resplandor. Un objeto fuera de lugar, como todo lo demás, como él mismo.
Se fue por el pasillo a paso rápido. Desde el walkie que llevaba al cinto brotaban voces en tropel, palabras que se pisaban unas a otras sin llegar a significar nada.