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Despuntaba la mañana en Constantina cuando la llama del candil sobre escritorio agonizaba, haciendo más lúgubre la estancia. Mucho antes de que la gendarmería llegase al ahora hediondo despacho y descubriera con horror el cuerpo masacrado y pútrido de Yussuf, tendido en el suelo con una mueca de espanto dibujada en lo que le quedaba de rostro. Fue el pequeño Muza quien dio la voz de alarma corriendo calle abajo, horrorizado por la escena y quien atendió a la congregación de agentes que extrañamente acudieron en masa a su llamada. El inspector Ricart se ajustó los guantes de cabritilla, tratando de filtrar el hedor a muerte dulce que emanaba de los restos de Yussuf. Sus botas resonaron contra las baldosas frías mientras se giraba hacia el muchacho, que aguardaba tembloroso junto a la puerta. —Dime, pequeño —la voz de Ricart era un barítono seco, carente de la calidez que el niño necesitaba—. ¿Por qué un Inspector Jefe de la Sûreté de París habría de ensuciarse el uniforme en una ciudad colgada de las rocas? ¿Te lo estás preguntando, verdad? Muza asintió apenas, con los ojos fijos en la mancha oscura que se extendía bajo el escritorio. —Porque Yussuf no era un simple mercachifles, Muza —continuó Ricart, acercándose—. Ahora, mírame. ¿Quién vino a verlo? ¿Quién deseaba borrar esa sonrisa de su cara y sustituirla por... eso? —Nadie, señor —susurró Muza con la voz quebrada—. El maestro Yussuf era un hombre de paz. Curaba a los enfermos con hierbas, contaba historias... Toda la comunidad lo respetaba. No tenía enemigos. Ricart soltó un bufido de escepticismo, removiendo con la punta de su bastón unos papeles amarillentos sobre el escritorio. —En este oficio, "querido por todos" suele significar "odiado en secreto por alguien peligroso". Echa un vistazo, muchacho. Olvida el cuerpo. Mira los estantes. ¿Falta algo que estuviera aquí ayer? Muza recorrió la estancia con la mirada. Sus ojos saltaron de los astrolabios oxidados a las alfombras polvorientas, hasta que se detuvieron en un hueco vacío sobre el estante de madera de sándalo. —La caja —dijo Muza, de repente seguro—. Falta la pequeña caja de cedro del Atlas. —¿Oro? ¿Joyas? —preguntó el inspector con interés renovado. —No, señor. Era sencilla, tosca. El maestro decía que estaba vacía, pero siempre la limpiaba con esmero. Tenía una inscripción tallada en la tapa que nunca pude olvidar: "Un gran poder encerrado, creado del fuego sin humo, para todos invisible." Ricart se quedó inmóvil. El desdén desapareció de su rostro, reemplazado por una palidez que nada tenía que ver con el olor del cadáver. —Fuego sin humo... —repitió el inspector en un susurro, mirando hacia las sombras de las esquinas como si temiera que algo le devolviera la mirada—. No era una caja vacía, Muza. Era una celda. |