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La incertidumbre se apoderó rápidamente del puente, como si de una vía de agua se tratase. Nos quedamos fondeados frente la isla observándola con cierto miedo en el cuerpo que salvamos gracias a la corriente, que llevó al barco hasta el embarcadero. Ordené a la tripulación amarrar y desembarcamos la carga que tan misteriosamente guardamos. —¡Se mueve! —espetó el oficial nada más descargar esa enorme caja de metal. En efecto, la caja se zarandeaba casi como si tuviera vida propia. El metal chirrió contra el agrietado hormigón del muelle, un sonido agudo que pareció despertar los ecos de las celdas vacías cerro arriba. Si no hubiésemos recibido una orden clara, embarcaría de vuelta al puerto sin mirar atrás. —¡Aseguren las eslingas! —grité, tratando de imponer mi voz sobre el eco del oleaje—. ¡Que nadie abandone su posición! —Capitán, esto no es carga ordinaria —el oficial retrocedió un paso, su rostro pálido bajo la luz plomiza del atardecer—. Escuche... no es solo el movimiento. Hay algo que gruñe desde dentro. Me acerqué con cautela. El aire en Isla María era denso, cargado de una humedad que olía a salitre y a abandono antiguo. Apoyé una mano enguantada sobre el acero frío de la caja. Un golpe seco, violento, sacudió la estructura, haciendo que los remaches vibraran bajo mis dedos. —¿Qué decía el manifiesto, señor? —preguntó el contramaestre, que se mantenía a una distancia prudencial con la mano apoyada en el cinto. —No había manifiesto —respondí sin apartar la vista de la caja—. Solo una coordenada, un sello de cera negra y la orden de no abrirla bajo ninguna circunstancia antes de llegar al bloque de máxima seguridad. —Pero la isla está muerta, Capitán. No hay nadie para recibirnos. —Eso no cambia nuestras órdenes, oficial. Si la isla está vacía, con más razón debemos dejar esto aquí y largarnos antes de que cambie la marea. De repente, el movimiento cesó. El silencio que siguió fue más aterrador que el estrépito anterior. Ni una gaviota, ni el viento, ni siquiera el susurro de la maleza. Solo el sonido de nuestra respiración agitada. —Capitán... —susurró el oficial señalando los respiraderos en la parte superior de la caja—. Ya no gruñe. Está escuchando. |