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title: "Un viaje inesperado"
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author: "Fugazia - Rodrigo  Encinas (@elrodo)"
published: "2026-06-08T11:06:30.000Z"
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# Un viaje inesperado

Subimos todos al coche de mi tía en un silencio extraño. No era una calma auténtica, sino esa quietud tensa que aparece cuando todos saben algo y nadie quiere ser el primero en mencionarlo.

Justo cuando parecía que íbamos a arrancar, su pareja abrió la puerta y se acomodó en uno de los asientos traseros. No era una persona que me cayera especialmente bien, pero tampoco parecía el momento adecuado para verbalizarlo, y me dispuse a conversar con él girándome hacia atrás.

Mi tía condujo de una forma inquietante. Los bandazos y las maniobras bruscas dejaban claro que algo ocurría, aunque nadie dijo una palabra. La tensión permaneció suspendida dentro del coche durante todo el trayecto. Tampoco hacía falta hablar: todos parecíamos comprender, de alguna manera, aquello que nadie se atrevía a nombrar.

Mientras charlaba, podía ver la luna trasera y a través de ella me percataba de un efecto extraño, como si los coches fueran marcha atrás también dando bandazos, como si estuviesen rebobinando la película.

Tras un viaje incómodo llegamos a un bar de carretera. Allí esperábamos encontrar alguna pista sobre la persona que estábamos buscando. El lugar tenía un aspecto corriente, pero en una de las paredes descubrimos una fotografía que llamó nuestra atención. En ella aparecía precisamente esa persona.

Observé el fondo de la imagen durante unos segundos.

—Es un videoclub antiguo —dije—. De los que ya no existen.

Aquello complicaba mucho la localización del lugar donde se había tomado la fotografía. Sin embargo, uno de los clientes del bar reconoció al individuo y nos indicó que, si viajábamos a un pueblo cercano, podríamos hablar con la persona que había hecho la foto.

La noticia provocó una especie de revuelo. La gente comenzó a dispersarse y, sin saber muy bien cómo, nosotros nos quedamos atrás. Cuando salimos del bar atravesando una pequeña cochera llena de instrumentos musicales, descubrimos que el coche había desaparecido. Mi tía ya no estaba.

No nos quedó más remedio que continuar por nuestra cuenta.

Sabíamos que el pueblo al que debíamos ir no estaba demasiado lejos, así que nos dirigimos hacia una calle que parecía internarse en una localidad vecina, siempre orientados por lo que pensamos que era el punto cardinal correcto, y ya desde allí tomar un tren para hacer un par de paradas.

El pueblo resultó ser humilde y acogedor, y a medida que nos adentramos parecía tornarse en una fiesta. Sus habitantes hablaban una lengua muy parecida a la nuestra, aunque lo bastante diferente como para volver difícil la comunicación. Afortunadamente, la mayoría era amable y hacía el esfuerzo de hablar nuestro idioma para ayudarnos.

Preguntamos por la estación, y tras recorrer varias callejuelas, finalmente encontramos unas escaleras que ascendían hasta el andén.

La estación era extraña, se elevaba sobre el pueblo y se abría hacia el cielo desplegando unas vías elevadas que se perdían en el horizonte. Desde allí se dominaba toda la ciudad. Más allá de la cubierta podían verse los tejados del pueblo extendiéndose hasta unas montañas lejanas.

Conservaba la arquitectura de principios del siglo XX, con hierro forjado y formas clásicas del modernismo, pero al mismo tiempo parecía recién renovada. Las paredes brillaban con colores intensos, la iluminación era impecable y todo tenía un aspecto nuevo.

Las personas que la transitaban parecían salidas de otra época. Vestían ropas antiguas y hablaban con una cortesía exagerada, utilizando expresiones que sonaban anticuadas incluso para mis oídos.

Consultamos apresuradamente los horarios.

—Ese es nuestro tren —dije.

Pero cuando intentamos alcanzarlo, las puertas se cerraron y partió sin nosotros.

Lejos de preocuparme demasiado, comprobé los horarios.

—No pasa nada. El siguiente sale dentro de diez minutos.

Con tiempo de sobra, salimos de nuevo a la plaza cercana. Allí se celebraba una curiosa festividad. Jóvenes del pueblo participaban en pruebas y espectáculos para ser seleccionados para las fiestas locales. Algunos cantaban, otros realizaban representaciones o se disfrazaban con trajes extravagantes.

Como teníamos unos minutos libres, decidimos participar.

La barrera del idioma complicó las cosas, pero conseguimos hacernos entender. Cantamos algunas canciones y terminamos dentro de un enorme disfraz que representaba una especie de cobrizo autómata, tosco y mecánico, con grandes fuelles por brazos. Para nuestra sorpresa, la actuación fue recibida con entusiasmo. El público aplaudió nuestros movimientos y pareció disfrutar del espectáculo.

Después de aquella experiencia tan absurda como divertida, regresamos a la estación.

Compramos los billetes para el siguiente tren y esta vez nos aseguramos de revisar con cuidado los horarios, las paradas y el andén correcto.

Cuando llegó el momento de embarcar, tuvimos que mostrar nuestros comprobantes a un revisor peculiar: un niño que apenas tendría seis años. Hablaba con la misma cortesía exagerada que el resto de los habitantes y, tras examinar nuestros billetes, nos entregó unas extrañas piezas de cartón atravesadas por cordones elásticos blancos.

Cumplido el ritual, volvimos a subir al andén.

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*​*

El tren, que era una bella mezcla de una máquina de vapor y un moderno tren de azul oscuro y líneas doradas, esperaba allí inmóvil, rodeado de un trasiego de gentes que bajaban y subían. Los viajeros llevaban trajes elegantes, inspirados en otra época, pero confeccionados con materiales brillantes y lujosos.

Recorrimos varios vagones intentando averiguar dónde debíamos sentarnos. Sin embargo, los letreros estaban escritos en aquel idioma ininteligible y no conseguíamos comprender las indicaciones.

Caminamos cada vez más cerca de la locomotora. En uno de los últimos vagones vimos algo sorprendente: una enorme máquina de café instalada en una apertura lateral que exponía la cafetera al público que se congregaba por el andén. Un hombre, rodeado de vapor del tren y la cafetera, parecía operar el mecanismo entre canturreos con una danza cuando servía café a los viajeros, con una gorra y un bigote a juego con toda la escena.

El tren estaba a punto de partir y empezamos a ponernos nerviosos.

Mi compañero descubrió entonces que, por haber pagado un suplemento, tenía acceso a unos vagones especiales identificados por un emblema azul lleno de florituras, casi propio de la realeza. Debían de ser los compartimentos más exclusivos del tren.

Pero ya no quedaba tiempo.

Cuando sonó el aviso de salida nos precipitamos hacia el primer acceso disponible. Entramos atropelladamente, esquivando pasajeros y equipaje, justo antes de que las puertas se cerraran.

El tren arrancó.

Y fue sólo entonces cuando comprendimos nuestro error.

No estábamos en el vagón correcto.

Aquel compartimento estaba destinado a familias con niños pequeños. Había diminutas sillas infantiles, cambiadores para bebés y padres ocupados atendiendo a sus hijos. Una madre cambiaba tranquilamente el pañal de un niño mientras nosotros permanecíamos de pie, completamente fuera de lugar.

Intercambié una mirada con mi compañero. Durante un instante pensé en sentarme en una de aquellas pequeñas sillas.

La respuesta llegó en forma de otra mirada.

Ni hablar.

Al final decidimos quedarnos donde estábamos. El trayecto no parecía demasiado largo. Algunos pasajeros nos observaban con cierta desconfianza, probablemente conscientes de que no pertenecíamos a aquel vagón, pero nadie dijo nada.

Y así, aceptando la confusión como parte natural de aquel mundo extraño, continuamos el viaje mientras el tren avanzaba hacia nuestro destino desconocido.

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