No te he contado cómo fue la gala de la entrega del premio que no gané: me lo pasé pirata.
Hablé con mucha gente, me reconoció gente que no sabía ni quien era, alimentando mi ego de nanoinfluencer, abracé a personas con las que llevo años hablando sin habernos conocido en persona…
Muy bien.
Pero me pasó una cosa.
Vi a una chica que me sonaba mucho y fui a hablar con ella, pongamos que se llama A. Estuvimos como cinco o diez minutos y, en un momento de la conversación, le hablé de cómo una vez alguien me virtió odio a saco en LinkedIn.
A. se me quedó mirando y me dijo “yo soy la del pádel”.
Click mental.
No recuerdo los detalles, pero hace un tiempo leí a esta chica que comentó algo que le había pasado en LinkedIn, creo que le habían copiado una publi palabra por palabra en la que hablaba sobre el pádel y venía a denunciarlo, pero a mí la publicación original me parecía poco original, ya digo, no recuerdo bien qué fue lo que me molestó exactamente, de lo que sí me acuerdo es de que yo fui y escribí mi propia publicación riéndome de la situación.
Pero claro.
Yo no tenía todos los detalles.
A. tenía un motivo para escribir aquello.
Yo no había leído todo su texto.
Por lo visto, sufrió una lesión que la dejó incapacitada para jugar varios meses.
La muchacha me escribió y me contó la historia y yo eliminé aquel texto fruto de la bilis y me disculpé.
Me olvidé de aquello.
Hasta anteayer.
Cuando aquella frase “yo soy la del pádel”, apareció.
Respondí lo único que podía responder.
“Yo soy gilipollas”.
Todos somos idiotas en algún momento, aunque algunos nos esforzamos más en ir a tocar los límites.
No puedes pasar por la vida sin herir a la gente.
Va a ser en una reunión de equipo. En una conversación cara a cara. En tu evaluación anual.
Pero va a pasar.
Vas a decir algo sin tener el contexto o sin comprender del todo la situación. O vas a pensar que lo que dices no es ofensivo.
Pero, si vives y, sobre todo, si lideras, la vas a cagar. Vas a hacer daño a otros por no entender, por ir de listo, por no tener en cuenta o por no haber pensado lo suficiente.
En ese momento, lo único que puedes hacer es disculparte.
Y recordar que lo mejor que puedes hacer es intentar ser menos gilipollas que el día anterior.
