Es un calendario.
Tú creías que era otra cosa, pero no.
Un puto calendario.
Solo tienes que mirar el mes del año y ya sabes si tus esbirros están a tope de power o desgastados como el filo de la espada de Alatriste.
Te juro que ese calendario existe.
Qué coño, te lo enseño:
Lo encontré ayer en la red de redes y tiene los emlementos básicos de la viralidad:
Colorines.
La cifra 2026 escrita bien gorda, porque, claro, todo el mundo sabe que el de 2025 era totalmente diferente si observa con detalle.
Unas conclusiones totalmente magufas.
¿No me crees? Te lo muestro en 30 segundos.
Supongamos que el calendario fuera cierto… vale, pregunta trampa: ¿cuándo finaliza tu empresa el año fiscal?
Porque no todas las empresas lo finalizan en diciembre, en países anglosajones lo hace en marzo.
Entonces, para estas empresas febrero y marzo son bastante locos… luego llega abril, donde hay que poner en marcha el presupuesto y… oye, a ver si el dibujico este tiene más que ver con una empresa anglosajona que con una española.
Y si te parece poca cosa, coge este calendario y llévalo a Buenos Aires. Allí el verano es en enero. La vuelta al cole, en marzo. Los ritmos son literalmente al revés. El calendario no solo falla, falla estrepitosamente.
Sin contar con cuándo caen los festivos. O si tienes un equipo distribuido. O si tu sector tiene estacionalidad propia. O si, no sé, hay una pandemia.
¿Qué es lo que sí funciona?
Conocer a tu gente. Tener datos de tu propio equipo, no de uno genérico e inventado. Y hablar con ellos, que para eso estás.
Gestionar es difícil precisamente porque no hay atajos. Y el mundo ya tiene bastantes gilipolleces como para añadir una más.

