Mira, hype con la tecnología ha habido siempre.
Alrededor de 1840, en la Inglaterra victoriana, cuando los Bridgerton estaban de ligoteo y follisqueteo, los inversores se peleaban por comprar acciones de ferrocarril, medio poseídos por la promesa de un modo de transporte revolucionario, un mercado enorme sin explotar y beneficios espectaculares. Fue un ciclo autoalimentado de optimismo especulativo, así muy esquema ponzi: subía el precio, entraban más especuladores, subía más.
En 1846 el Parlamento aprobó 263 leyes para crear compañías ferroviarias con 9.500 millas de vías proyectadas, y la inversión llegó a rondar el 7% del PIB. El hype era tan bestia que hasta Charles Darwin y las hermanas Brontë picaron. Cuando quedó clara la inviabilidad de muchas líneas, la burbuja estalló y arruinó a muchos.
Ooooh, lástima.
Pero, espera, es que 50 años antes, hubo un locurón especulativo con la construcción de canales en Inglaterra y Gales. Los títulos se negociaban libremente incluso antes de que el Parlamento aprobara el proyecto.
O sea, humo puro y duro.
A ver, la tecnología existía, esto no es como lo de los putos tulipanes holandeses que valían lo mismo que una casa, esto era tecnología que usaban entonces, que usamos hoy y que cambió la forma que tenemos de ver el mundo: hoy no es raro pillar un tren en Madrid y estar 3h después en Barcelona.
Me gustaría decir lo mismo de Lisboa-Madrid, pero esa es otra historia.
Entonces, ¿cambió el mundo el ferrocarril?
Sip.
¿Fue para tanto?
Esto… no.
¿Va a cambiar el mundo la IA?
Seguramente. ¿Nos va a matar, nos va a dejar sin curro?
No sé, de momento nos va a dejar tontos.
Tú, por si acaso, aprende a mirar a la gente a los ojos, a pensar con el corazón y a sentir con la piel entera.
