Hace años conocí a un tipo que tenía un cargo análogo al mío, más experiencia y una forma totalmente distinta de tratar a su equipo.
Yo tenía conversaciones frecuentes con mi equipo, él se podía tirar un año entero sin hablar con la peña.
Yo me agobiaba si pedía formación y rrhh pasaba de mí, él ni formación, ni hostias.
Yo me preocupaba por trazar un camino profesional dentro de la compañía para los míos, él ni sabía cómo se llamaban algunas personas de su equipo.
Supongo que éramos antagónicos, qué sé yo, como el ying y el yang, como la cara y la cruz, como Sonia y Selena.
Le iba de puta madre en la empresa.
Para y piensa un segundo, en ese lugar había una cultura corporativa que era chachi-piruli, donde todo era consciencia, propósito y autoliderazgo, el barniz que lo envolvía todo era de colorines, arcoíris y unicornios.
Pero luego el interior, el motor, era un frío mundo en el que los KPIs que importaban no era la felicidad del empleado (ojo: se medía), sino la rentabilidad y el porculo que daba cada uno.
Era como si en la peli de Titanic alguien hubiera cubierto todo con graffitis de los Osos Amorosos, pero la sala de máquinas siguiera siendo un lugar aceitoso, cutre y lleno de tipos rudos que paleaban sin descanso y de los que nadie conocía ni su nombre.
Total, estaban todos cubiertos de hollín.
Este correo no es una crítica a aquel tipo, al contrario.
Supo leer un subtexto que yo solo intuía.
Hasta donde yo sé, el tipo sigue en el mismo sitio.
En la vida, puedes elegir tu camino.
Entender cómo es el sitio en el que estás y actuar en consecuencia.
O puedes largarte.
Pero lo que no puedes es ser un líder de verdad en un lugar en el que los empleados son un número que no merece ni una conversación sobre su desarrollo durante todo un largo año.
