Me flipa el tema de los incentivos porque si están bien diseñados, impactan muchísimo en los resultados y si están pensados estilo voy a tirar este dado de veinte caras y lo que salga, te matan al equipo, que empieza a ir al trabajo como si fueran los protas de The walking dead, que un día les jode el chiringuito una horda de zombis, al otro viene Negan con el palitroque ha hacerles pupita.
El otro día estaba viendo una peli sobre una doctora que lo pasa muy mal. Por cierto, ¿te has fijado que el cine sólo cuenta la vida de médicos, bomberos, policías y mafiosos?
Tú ahí partiéndote las neuronas con el excel, que al que le ponen de prota es un tipo de Brooklin licenciado en partir caras.
La doctora de la peli lleva una vida arrastrada y tiene una operación que sale mal.
En su hospital están implantando una política de transparencia que implica publicar las estadísticas de los cirujanos.
Qué bien, pensarás.
Es mucho más seguro que te opere alguien que sabes que tiene un historial estupendo.
Pero la doctora, que es la heroína de la historia, tiene otra idea.
Su argumento es que, si se implanta el sistema, pasarán dos cosas. La primera es que los médicos veteranos no se atreverán a dejar a los residentes operar, porque un error les puede joder la carrera.
La segunda es más chunga.
¿Operarías a un paciente complicado sabiendo que te va a joder la estadística?
Ya sabes, varón, 52 años de edad, 1,75 de estatura, 93 kilos de peso, fumador desde los 15, con hipertensión, diabetes y pies planos.
Ostia, abre ahí, a ver, a ver, ¡inoperable! Cierra eso y vamos a comer un bocata, Mike.
Los sistemas de incentivos son las arterias que bombean motivación al equipo en forma de bonus anual.
Cuando empieces un nuevo trabajo, pregunta por el sistema de incentivos.
Si es fácil y claro, bien.
Si aquello parece un laberinto que ríete tú de la declaración de la renta, huye.
