Ayer leí eso por ahí.
Me siento bien siendo tal como soy. En todo momento me apruebo y me acepto.
Pues bienvenido al país de la mediocridad, donde los gilipollas con capacidad de autoaceptación dicen cosas como “es mi opinión y la respetas” y mierdas así.
Yo ni me apruebo ni me acepto.
A ver, que no me voy fustigando todo el día diciéndome que soy idiota, no soy tan importante.
Pero tampoco me llevo a engaño.
Soy un ser humano.
Tengo un par de rótulas, diez dedos en las manos y un ojete.
A veces tengo un carácter de mierda, ideas lamentables y comportamientos de lémur.
Cuando me doy cuenta de lo cretino que soy, aprendo y cambio. Al menos intento que la siguiente cagada sea más creativa.
No soy esclavo de la opinión de los demás, ni tan soberbio como para pensar que los demás son imbéciles y no saben por dónde les sopla el aire.
Entiendo la frasecita, claro.
Hay gente que cree que la perfección es ser como las modelos de instagram o los influencers que escalan negocios en Bali.
Y se frustran porque creen que los demás esperamos que sean como la Barbie Malibú o el G.I. Joe que salva el mundo.
En realidad esos no necesitan autoaceptarse, necesitan un par de hostias porque creen que el mundo es un lugar ideal que solo existe en sus cabezas.
Así no se puede vivir.
Y para no vivir en ese pozo de mierda, se pasan al otro extremo: acaban aceptándose y queriéndose tal cual, creen que son perfectos tal y como son, sin matices.
Y no.
Amarse a uno mismo sin mejorar es solo poner ante el mundo una carcasa de cartón-piedra que, a la que rascas un poco, ves el truco.
Te lo llevo al plano laboral: me da igual en lo que trabajes, tu mejor obra siempre tiene que ser la última. Esa es tu aspiración.
Grábatelo a fuego y empieza a aplicar esta anti-filosofía:
No soy perfecto y estoy orgulloso de no serlo. Mañana seré mejor.
Buah, me ha quedado de supergurú a la inversa.
No, si al final sí que voy a aprobarme y aceptarme.
