Eso me escribió ayer un tipo en una red social. Vino a decir algo así como que, si me creo todo lo que digo, me falta un hervor.
Que es un insulto como muy de pueblo, ¿no? Creo que la gente debería releer Cyrano, supongo que ya está al caer un nuevo remake, porque es una de esas historias que parece que pide peli cada 15 años, como Los Tres Mosqueteros, Cumbres Borrascosas o Fue a Pedir Trabajo y le Comieron lo de Abajo.
Pero, oye, si vas a insultar, no sé, ponle ganas.
Podías haber dicho que no soy el lápiz más afilado del estuche.
Que el tren del sentido común pasó por mi estación y yo estaba mirando el móvil.
Que cuando tocaba asignarme cerebro, Dios se fue a por tabaco.
Que tengo más voluntad que criterio, que ya es decir.
Que soy como ese escalón bajito que nadie señaliza y donde todos tropiezan.
Si es que no es tan difícil.
El caso es que todo esto vino porque yo estaba hablando de ascensos. Mejor dicho, de no-ascensos.
De la gente que este año tampoco ha pillado.
De los pagafantas corporativos que curran como mulas de carga y luego los laureles se los lleva otro.
Hablo de esto de forma recurrente porque hay mucha gente que piensa que esto de la meritocracia consiste en que, si eres bueno, el Universo pone en marcha un complejo mecanismo para que en tu compañía se den cuenta y te asignen un despachito estilo pecera con una assistant compartida con tres o cuatro Head of Movidas.
Digo una assistant porque nunca he visto un hombre en esa posición de secretaria, que el heteropatriarcado asoma la patita cuando menos te lo esperas.
La meritocracia va de otra cosa.
Porque una de las cualidades del líder es la valentía.
Esto es como cuando vas a ligar.
Te puedes quedar a lucir tu belleza en una esquina pensando que alguien te verá y se dará cuenta de lo pibonaco que eres.
¿Puede ocurrir el milagro?
Hubo una tía en Texas que ganó el gordo de la lotería cuatro veces, así que, si crees en milagros, todo es posible.
Claro que… igual esos premios tienen algo que ver con el blanqueo de capitales o con conocer el sistema de premios en el estado de Texas.
A lo que voy, que me lío.
Una parte de tu camino al ascenso es mostrarte y además mostrarte no como un buen técnico que hace lo que le toca, sino como un gestor en potencia.
Igual que cuando ligas, tu trabajo es mostrarte como alguien que provee compañía, confianza, empatía, conversación, risas, seguridad y empotramientos salvajes si la ocasión lo requiere.
Pues con el curro, lo mismo.
Si te quedas llorando en una esquina, no te van a ascender en la puta vida.
Así que si conoces a alguien que este año tampoco ha pillado el ascenso que se merece, mándale esto. Le va a doler un poco, pero si escuece, cura.
