Hace unos años me metí en una sala con los directivos de una compañía que generaba bastante pasta para definir el propósito de la empresa.
Personas de entre 35 y 45 soltando frases de azurarillo, haciendo dinámicas, co-creando y mierdas varias.
No sé cuál fue el propósito que identificamos.
No lo recuerdo.
Ni falta que hace.
Me acuerdo de lo importante, que aquel jueguito entre infantil y chamánico, aquellas horas invocando la frase perfecta que impulsaran las cifras de la compañía, que uniera al equipo bajo un mantra, que impulsara el engagement y no sé cuántas cosas más, terminaron años después de manera bastante sorprendente.
Los dueños vendieron la empresa.
Al final, su propósito, resulta que era tener pasta para llevar una vida de puta madre con su familia.
