¿Tienes hijos? Pues tus hijos venden que lo flipas.
¿No me crees? ¿Cuántos helados les has comprado este verano a pesar de que sabes que los azúcares y las grasas saturadas son mierda?
Tus hijos venden porque no tienen vergüenza. Porque ellos piden, tú les dices que no y siguen insistiendo como si tal cosa.
En algún momento entre hoy y los próximos veinte años, algo hará click en su cabeza.
Pensarán como piensa todo el mundo cuando vende.
No voy a llamar, no vaya a ser que piensen que soy un pesado. Mejor escribo un mail. Mejor mañana, que hoy ya casi es hora de salir y así lo leen lo primero en el día.
Mientras, tu competencia llamó ayer, estuvo un rato con el cliente y, probablemente, cerró el trato.
En ventas hay que insistir.
Si buscas trabajo hay que insistir.
Si quieres ligar hay que insistir.
Es así.
Ojo, no hablo de ser pesado.
No seas ese tipo baboso que está dando la chapa a una pobre muchacha con cara de necesitar un grupo de SWATs que la rescaten.
Insistir es otra cosa.
Es no tirar la toalla.
Estar ahí, para cuando el otro tenga la necesidad.
Porque sí, tu cliente recibe miles de impactos, no va a recordar ni ese correo que te ha llevado horas redactar y enviarle, ni una llamada de tres minutos, lo mismo ni recuerda una visita comercial a no ser que te presentaras con un tanga de leopardo.
Lo mismo con tu próximo jefe. Si no necesita candidato ahora mismo, pasará de ti. Si insistes… si insistes igual le pillas en ese momento en el que necesita tirar de ti.
Y con lo del ligoteo, aplica lo mismo, aunque aquí el tanga de leopardo puede jugar un papel más importante.
Yo qué sé, he visto relaciones empezar de formas muy raras.
Mi hija también vende mejor que yo.
¿No te lo crees?
Pues mira:
Feliz día, vendedor.
