Hace 10 años me hicieron una oferta irresistible. Yo llevaba estancado 6 años en la misma posición y salario parecido.
Ojo, misma posición porque mi título no había cambiado, porque yo era un puto demonio que gestionaba proyectos, equipos y vendía.
Ya sabes cómo va esto de los procesos de promoción, a final de año te preguntan qué tal, esquivan el tema de la pasta y ya si eso lo sacas tú tímidamente.
Pues ese año yo me postulé.
Que ya iba siendo hora.
Llegó enero.
Pasó febrero.
Y en marzo dije lo de “oye, qué hay de lo mío”.
Lo mío no podía ser.
Así que me cabreé.
Hablé con mi evaluador, que me preguntó que si no era lo que esperaba… pues no, la verdad es que no era lo que esperaba, amigo.
Hablé con una especie de mentor que tenía desde que entré y ahí ya solté las siete cosas.
El caso es que mi evaluador me citó para hablar en persona y me propuso algo. Oye, ¿tú verías bien un ascenso de posición sin tocar el sueldo?
Esto…
A ver que me lo piense…
Ni de puta coña.
O sea, me propones el carguito sin subirme la panoja, ¿es eso? Pues te lo puedes meter por el [muchas palabrotas aquí].
¿Sabes por qué no acepté?
Porque esa conversación ya la había tenido con una compañera a la que le había pasado.
De eso va un mentor.
De tener a alguien que ha recorrido muchos caminos y te aconseja con el tuyo.
El lunes abro plazas.
Estate alerta.
